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Subida al volcán Santa María bajo la luna llena

Estábamos en Quetzaltenango, también conocido como Xela, por pura coincidencia. El plan original era pasar un par de días en la ciudad de Guatemala, pero nos desanimaron los comentarios de otros viajeros sobre la criminalidad. Así que decidimos usar los días extra para ir a Xela, después de visitar el Lago Atitlán.

Xela es la segunda ciudad más grande de Guatemala, y es relativamente moderna, así que pasamos los días actualizando el blog y poniéndonos al día de las cosas que pasaban por las Internets. La mayoría del tiempo estuvimos en el Café Bavaria, un oasis en medio del desierto. Estábamos listos para marcharnos el miércoles, pero un anuncio nos llamó la atención: subida al volcán Santa María bajo la luna llena. Sonaba bien. Mejor aún: la caminata estaba organizada por Quetzaltrekkers, un grupo de voluntarios que organiza excursiones de senderismo y dona los beneficios a una escuela de niños de la calle.

Nos reunimos con el grupo a las 11:00 en las oficinas/almacén de material de Quetzaltrekkers. Después de unos minutos nos dimos cuenta de que no estábamos ni siquiera remotamente preparados para lo que iba a ocurrir. No teníamos suficiente ropa de abrigo, ni sacos de dormir, ni mochilas de senderismo… afortunadamente la organización tenía material de sobra para todos.

Si, hacía frío

Poco a poco el grupo se fue haciendo más grande y los guías fueron repartiendo el material (no éramos los únicos que no estábamos preparados). Los guías nos dieron una sopa caliente de tomate y repartieron botes con frutos secos, bizcocho de plátano y 3 litros de agua para todos. Se respiraba un ambiente de nerviosismo: algunos no paraban de hablar, algunos se quedaban en una esquina mirando al infinito y otros hacían bromas, pero era evidente que no estábamos del todo cómodos con la idea de saltarse una noche de sueño para subir un desnivel de más de 2000 metros en 5 horas.

Nos dividieron en dos grupos: El grupo lento y el rápido. Obviamente no pude hacer otra cosa que unirme al grupo de los machotes. 50 minutes después de la partida del grupo lento, los 10 que quedábamos, con 3 guías, nos subimos en la parte de atrás de una camioneta, con las mochilas llenas de equipo, y lentamente subimos por una carretera sin asfaltar hasta la base del volcán. El grupo estaba formado en su mayoría por israelies barbudos que acababan de hacer el servicio militar y que no hablaban mucho con los dos o tres no israelies que quedábamos. Empezamos bien.

Después de 10 minutos de viaje en camioneta, a medianoche, nos bajamos de la camioneta, encendimos los frontales y empezamos a caminar a un paso bastante rápido hasta el punto de encuentro en el que estaría Manu esperando con el grupo lento. Las conversaciones no tardaron mucho en morirse, ya que el ritmo que imponía nuestro guía australiano era fuertecito. Tampoco tardamos mucho en empezar a quitarnos ropa: había un aire cálido y niebla y las rocas estaban cubiertas de agua y barro. Inicialmente era una sensación extraña, solamente poder ver 3 metros hacia delante, intentando andar rápido pero sin resbalar en las rocas, que parecían más una escalera irregular cubierta de barro.

Los primeros rayos de luz

Cuando nos encontramos con Manu y el primer grupo, estábamos ya empapados en sudor y echando vapor como caballos de trabajo. “Las buenas noticias”, dijo uno de los guías, “es que hemos subido un tercio del camino”. “Las malas noticias, es que el resto del camino es mucho más empinado y que os va a afectar el mal de alturas. La cumbre está a 3780 m”. Una vez combinados los dos grupos, eramos 19 caminantes y 7 guías. Continuamos nuestro ascenso y el grupo empezó a dividirse en grupos más pequeños, según la velocidad, y los guías se iban distribuyendo para poder estar con todos.

Sutilmente, la altitud y la falta de oxígeno empezaron a afectarnos. La falta de sueño también. Pero más que nada, la oscuridad me desorientaba bastante. A veces el camino se dividía y se volvía a unir pocos metros depués. A la luz del día esto es fácil de ver, pero por la noche no sabía si acababa de tomar un desvío equivocado o no.

De vez en cuando nos parábamos a beber algo de agua, a comer algo y a recuperar el aliento, que nos empezaba a faltar debido al aire pobre en oxígeno. Después de una hora de andar, me quedé solo con Bud, un norteamericano. Manu se había quedado atrás con otro grupo y un par de guías.

Bud y yo empezamos a pararnos cada vez con más frecuencia y muchas veces nos encontrábamos con desvíos y cruces, en los que siempre acabábamos decidiendo que “el único camino es hacia arriba”. Alguna vez hasta conseguimos salirnos del “trance de la subida” y nos dábamos la vuelta para admirar la vista y la altura a la que habíamos conseguido subir. Sam, una guía de San Francisco, nos alcanzó y nos acompañó un rato. Pero no tardó en desorientarse también: podíamos escuchar a gente delante y detrás de nosotros, pero no sabíamos con seguridad si estaban cerca o lejos, a la derecha o a la izquierda.

¿Hemos dicho que hacía frío? Nuestra amiga de caminatas Anniek

Nuestro paso era demasiado lento para Sam, así que se adelantó para tratar de alcanzar al grupo. Despúes de 45 minutos de andar sin guía nuestra moral estaba bastante baja: ya no sabíamos si estábamos siguiendo el camino adecuado y estábamos progresando muy, muy lentamente. Recuerdo decirle a Bud: “No te preocpues si te mareas, es normal. Lo que tiene que preocuparte es cuando empiezas a pensar que lo ideal sería dormir una siestecita en cualquier sitio”. El silencio de Bud y su cara me dijeron que ya había pensado varias veces en echarse una siestecita.

Una linterna brilló a través de los matorrales, unos 100 m por encima de nosotros. Era Sam otra vez, que había vuelto a por nosotros. Había encontrado al grupo principal, así que si que estábamos en el camino adecuado. Perfecto, ahora lo único que nos hacía falta eran las energías para seguir subiendo. A pesar de que Sam llevaba el botiquín y la camilla, era mucho más rápida que nosotros. Mientras nosotros avanzábamos a paso de hormiga, ella subía a encontrarse con el grupo principal y volvía a decirnos cuanto tiempo nos quedaba. Yo creía que estábamos en forma, pero la altitud me hizo sentirme como si me pasara los días viendo la tele.

“Bueno, este es el tramo final, 40 minutos y llegamos”. Después de 10 vimos al grupo principal, ya descansando en la cima. Sam nos miró sorprendida y dijo: “Bueno, igual era menos”. ¡Yo estaba listo para subir otros 40 minutos! Afortunadamente ya estábamos en la cima, lo que me hizo sentir una enorme sensación de alivio.

La sombra del Santa María

Es raro como, cuando uno está extremadamente cansado, las cosas dejan de tener sentido y tareas aparentemente fáciles se convierten en odiseas imposibles. Así es como me sentí cuando tuve que quitarme la ropa sudada, ponerme ropa de abrigo y meterme en el saco. Me tropezaba, perdía el saco, no podía abrir o cerrar cremalleras… tardé una eternidad en conseguir calentarme (más o menos) y estar listo para esperar a… ¡Manu! Empecé a preocuparme y a pensar que no llegaría a tiempo para la salida del sol. Intenté con todas mis fuerzas no quedarme dormido, rodeado de un silencio y tranquilidad abrumadores, envuelto por una inmensidad que me hacía sentir pequeño. Afortunadamente Manu y los últimos grupos no tardaron mucho en llegar a la cima y hacer el último esfuerzo para meterse en el saco.

Algunas personas consiguieron dormir un poco, y la mayoría de nosotros simplemente nos tumbamos y miramos las estrellas en silencio. Inicialmente una parte del cielo se hizo más clara y, lentamente, se convirtió en una franja naranja en el horizonte. El sol empezó a levantarse poco a poco y pudimos ver con claridad lo alto que estábamos. Podíamos ver en la distancia los volcanes del lago Atitlán y Antigua Guatemala. Los montes y volcanes se veían de diferentes tonos: gris oscuro los que estaban cerca y gris claro los que estaban más lejos. Al oeste un mar de nubes cubría el valle. Al subir el sol, la enorme sombra del volcán sobre el que estábamos se proyectó sobre las nubes, ¡qué perspectiva, increíble! El amanecer fue un momento mágico del que estoy seguro nos acordaremos toda la vida.

Santiaguito en erupción

Súbitamente, vimos una columna de humo blanco al sur. “¡El volcán Santiaguito está en erupción!”, gritaron los guías. Salí de mi saco y usé las últimas fuerzas que me quedaban para bajar corriendo por el lado suroeste del volcán Santa María, para admirar la vista de un volcán en erupción, desde arriba.

La erupción consiguió que los últimos perezosos se despertaran y los guías aprovecharon la ocasión para hervir algo de agua y preparar chocolate caliente, café y té. Durante este corto pero necesario desayuno que comimos agradecidamente, nos comimos rápidamente lo que quedaba de los frutos secos y el bizcocho de plátano. Los que estaban muy cansados se volvieron a acostar para dormir un poco más antes de comenzar la bajada.

Mientras tanto, los guías de disfrazaron (algunos de ellos hasta subieron con el disfraz puesto) y posaron para las cámaras; aún tenían energía para bromear. Después de descansar una hora más, y mientras los primeros guatemaltecos empezaban a llegar a la cima para realizar rituales medio mayas medio católicos, nuestro grupo de “gringos” medio dormidos se preparaba para bajar. Conforme bajábamos nos íbamos cruzando con viejecitas mayas, hombres, mujeres y niños que apenas llevaban material de montaña y que además iban cargados. Una vez más me sentí como un occidental mimado.

La bajada

La bajada fue mucho más fácil, pero me pareció más larga. ¿Cuánto tiempo habíamos tardado en subir? ¿5 horas? Mientras bajábamos, llenamos bolsas de basura con lo que la gente local iba tirando mientras subía. Es increíble la diferencia cultural y que para los guatemaltecos sea totalmente normal tirar botellas de plástico en este paraje natural. Yo creo que ni siquiera lo ven y no se dan cuenta. Solamente un guatemalteco dijo: “Gracias por recoger lo que tiran mis paisanos”.

Esto es lo que habíamos venido a ver

Cuando llegamos de vuelta a Xela eran las 12.00 del mediodía. Llevábamos 12 horas fuera y ahora el aire era cálido y estaba lleno de polvo, aunque por dentro aún sentíamos algo de frío en los huesos. Devolvimos el equipo, bebimos un zumo de frutas y nos despedimos del grupo. Silenciosamente volvimos al albergue. No porque no tuviéramos nada que decir, sino porque no teníamos palabras.

2 Comentarios

  1. Publicado 8 noviembre, 2010 en 11:26 pm | Permalink

    Increible… el lugar y el post. Debió ser precioso.
    Mola lo de “El volcán está en erupción !!” como si cualquier cosa…

  2. César
    Publicado 9 noviembre, 2010 en 12:57 pm | Permalink

    En realidad entra en erupción regularmente, cada 45 minutos aproximadamente. No deja de ser impresionante. Cuando andamos por el volcán Pacaya, que había entrado en erupción a finales de Mayo, si que nos dijeron que había más peligro.

4 Trackbacks

  1. [...] extraordinarias o interesantes que tenemos durante el viaje. En Guatemala nos dimos una caminata fantástica subiendo al volcán Santa María con quetzaltrekkers.com. Pero hay veces que las cosas no van tan bien como nos gustaría. Picante [...]

  2. Por Cifras y letras el 16 enero, 2011 a las 9:44 am

    [...] alquilados 2 noches en tienda de campaña 1 noche en aeropuertos 1 noche en avión 1 noche en un volcán 319 horas de bus 6 aviones 263 tweets 85 posts publicados en inglés y en español 284 fotos [...]

  3. Por La vuelta al mundo en cifras el 12 septiembre, 2011 a las 4:17 am

    [...] 1 noche en un volcán [...]

  4. Por Figures of our trip around the world el 13 septiembre, 2011 a las 7:39 am

    [...] 1 night on top of a volcano [...]

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