Normalmente tratamos de escribir sobre las experiencias extraordinarias o interesantes que tenemos durante el viaje. En Guatemala nos dimos una caminata fantástica subiendo al volcán Santa María con quetzaltrekkers.com. Pero hay veces que las cosas no van tan bien como nos gustaría.
Llegamos a Lima, Perú, el 8 de noviembre y nos fuimos directamente a Huaraz en un bus nocturno. Usamos el día para aclimatarnos y asentarnos en el estupendo Olaza’s bed and breakfast. También estuvimos mirando varias agencias que organizaban senderismo. Después de andar un rato y de almorzar el tradicional picante de cuy, hablamos con Galaxia expeditions.
Intentábamos decidirnos entre hacer un par de caminatas de un día, o una caminata de varios días. Nuestra principal preocupación era el clima, ya que estábamos en temporada de lluvias. El ventas nos aseguró: “No os preocupeis, solamente llueve durante la tarde, después de llegar al campamento. Las mulas llegan mucho antes que vosotros así que, cuando empieza a llover el campamento ya está montado”. “¿Las tiendas y el material son a prueba de lluvia?” preguntamos. “Si, todas las tiendas y el material que proveemos es a prueba de agua. De hecho cambiamos el material para la temporada de lluvias”.
Con estos datos, y teniendo en cuenta que parecía que el único grupo que salía al día siguiente era el nuestro, nos arriesgamos. Después de todo, aunque nos mojemos nos podremos meter en una tienda y un saco de dormir secos.
El día siguiente se pasaron a por nosotros a las 6:00 de la mañana. La primera en la frente: Nos llevaron a un restaurante a desayunar, de nuestro bolsillo, en el que seguramente se llevaban comisión. Aparte el restaurante era caro para lo que ofrecían. La mayoría del grupo sabíamos que esto iba a pasar, asi que ya habíamos desayunado y solamente pedimos un café. Cuando pedimos la cuenta, nos sorprendimos al ver que los precios que nos cobraban no se correspondían con los que había anunciados fuera del restaurante para los “especiales de desayuno”. Hablamos con la camarera y conseguimos, después de pelear un poco, que nos devolvieran la diferencia.
Nos metimos en el bus y después de 5 horas de baches y curvas llegamos a Vaquería, el punto de partida. Nos esperaba un grupo de caminantes que acababa de terminar la caminata y que estaban muy contentos y satisfechos. Buena señal. Después de trastear un poco con el equipaje y las mulas, empezamos a caminar hacia el campamento en Paria.
Eramos nueve caminantes: una pareja de canadienses, una de holandeses, dos amigos franceses, un chico de León y nosotros. Nos acompañaban: un guía, un cocinero y dos arrieros con cuatro mulas y un caballo. El sol brillaba y comenzamos con un agradable paseo entre aldeas tradicionales de los Andes donde la gente estaba trabajando en el campo, tejiendo mantas o simplemente disfrutando de la tarde. Muchos niños de cara manchada nos pedían “ramelos” y “lletas”, ya sabían que llevábamos en la bolsa de picnic. En general, el primer día fue un paseito tranquilo y no nos llovió hasta que llegamos al campamento. Nuestros guías montaron todo en diez minutos, con prisas, mientras empezaba a llover fuerte.
Nos reunimos en la tienda comedor para beber café y té y calentarnos. La tienda tenía goteras y nos teníamos que situar estratégicamente para no mojarnos. Después de una cena caliente y de consultar con el guía, decidimos irnos a la cama pronto para poder madrugar al día siguiente.
Cuando nos metimos en la tienda empezó a llover otra vez. Las tiendas eran bastante pequeñas y apenas cabíamos. El truco para no mojarse en una tienda es no dejar que el techo interior toque con el exterior. Después de varias horas de sueño, empecé a sentir que los lados de la tienda se estaban mojando. El agua se estaba filtrando también por el suelo y como resultado se me estaba empapando el saco de dormir. Dormimos fatal, ya que no nos podíamos mover mucho y la altitud hacía que nos latiera el corazón a 120 ppm. El agua siguió filtrándose el resto de la noche. Entre sueños intentamos como pudimos permanecer más o menos secos y descansar un poco.
La mañana siguiente, al despertarnos, tuve que escurrir el agua de mi saco. Todo el mundo menos los canadienses y los franceses se habían mojado. Incluso algunos de los guías. El grupo tenía la esperanza de que saliera un poco el sol para secar el equipo “a prueba de agua”, pero no hubo suerte. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y, cuando empezamos a caminar, la lluvia nos dio los buenos días.
El segundo día fue duro. Tuvimos que subir durante cinco horas hasta los 4750 m, a través del paso Punta Unión, y después descender durante tres horas hasta el campamento de Taullipampa. La altitud no tardó mucho en afectarnos. Manu y yo éramos los más lentos con diferencia y teníamos que parar y descansar cada 30 minutos. Ni siquiera el paisaje nos animaba, porque las nubes ocultaban los picos nevados de la Cordillera Blanca.
Las dos últimas horas antes de llegar al paso fueron las más duras. Mientras llovía, y más tarde nevaba, caminamos sobre grandes placas de granito. Era difícil seguir el camino, excepto cuando caminábamos por los arroyuelos que bajaban desde las montañas. Lo más rápido que podíamos ir era medio paso cada dos segundos (pruébalo y verás que lento): más rápido y nos quedábamos sin aliento. Nuestro guía se quedó con nosotros y el resto del grupo se adelantó.
Cuando llegamos arriba descansamos (otra vez), comimos e hicimos algunas fotos. De todas maneras no había mucho que ver porque había niebla y estaba nevando. Empezamos a bajar. Nos quedaban tres horas de descenso hasta el campamento. Al principio bajábamos bastante deprisa y, como ya estábamos totalmente mojados y fríos, no nos importaba meter los pies en los arroyos que bajaban con nosotros. Estábamos tan concentrados en bajar deprisa que nos descuidamos. Y en ese momento Manu se resbaló y se dió en el coxis. Corrí hacia arriba para ayudarla a salir del charco el que se había caído. Después de unos minutos se sentía un poco mejor y seguimos el camino, esta vez más despacio.
Cuando llegamos al campamento, estábamos mojados hasta la ropa interior. La tienda cocina era el único sitio caliente, así que nos metimos directamente para empezar la recuperación. Después de un par de horas, algo de comer y de ponernos la única ropa seca que nos quedaba, empezamos a sentirnos mejor. El resto del grupo, poco a poco, empezó a pasarse de la tienda comedor con goteras a la tienda cocina, que estaba más calentita. Todo el mundo estaba mojado y tenía frio. Nuestro amigo holandés tuvo un colapso nervioso y tuvo que pasarse una hora delante del fogón para recuperarse. Esa noche, mientras nevaba fuera, cenamos en la tienda cocina y por lo menos comimos bien y tomamos un vinito caliente cortesía de los canadienses.
Cuando llegó el temido momento de ir a dormir, nos dimos cuenta de que los guías habían puesto nuestra tienda sobre un charco y que ya estaba todo mojado. Por suerte, había una tienda de sobra que pudimos meter dentro de la tienda comedor. Secamos el interior de la tienda con las toallas y finalmente pasamos la noche relativamente secos. Aun así no fue una buena noche. Estábamos durmiendo a 4200 m e incluso el esfuerzo más pequeño, como darse la vuelta dentro del saco de dormir, nos quitaba el aliento.
Al día siguiente decidimos que queríamos acabar la caminata, juntando dos etapas en una. El camino iba por un valle glaciar bastante ancho, y bajaba lentamente hasta la aldea de Cashapampa. Nuestra guía-cocinera Viviana se adelantó para advertir al bus de la compañía que llegábamos un día antes. Aunque hubo momentos de sol, apenas pudimos ver las impresionantes montañas que nos rodeaban. Tardamos 7 horas en llegar a Cashapampa; Viviana tardó 4. El bus no podía venir a por nosotros hasta la aldea, pero nos esperaba a una hora de camino. La única manera de llegar al bus era en taxi, pero estamos hablando de una aldea de montaña en Perú, no de Nueva York, así que tuvimos que esperar un par de horas hasta que conseguimos reunir los tres taxis que necesitábamos.
Mientras esperábamos, algunos bebían cerveza, algunos jugaban con los niños locales y otros reflexionaban sobre lo que habíamos pasado. Cuando estaba pensando en lo duro que había sido el camino y el aguante que teníamos, vimos que uno de los arrieros, de unos 16 años, se volvía por donde habíamos venido. Le pregunté dónde iba y me dijo de manera casual “Me vuelvo con las mulas a Taullipampa (donde habíamos empezado a andar ese día). Dormiré en una cueva y mañana ire hasta Vaquería (dónde empezamos a caminar tres días antes)”. Estamos hablando de un total de 74 km en dos días, a través de terreno montañoso y con un paso de 4750m. Ya no me sentía tan duro.
Nota: A favor de Galaxia Expeditions, el personal hizo un gran trabajo y nos llevó hasta el final. Cuando pedimos que nos devolvieran la mitad del dinero nos ofrecieron el 25% y una excursión de un día gratis. No lo consideramos suficiente pero aceptamos la compensación. La excursión que hicimos fue la visita a Chavín de Huantar, otra experiencia horrible de la que puede que hable otro día.







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