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Caminando con los Hmong

“¿Sois mis amigos?, nos pregunta una señora de la minoría Hmong, en el norte de Vietnam, caminando hacia nosotros con dos amigas con sendos bebés a la espalda. Acabábamos de llegar al pueblo de montaña de Sapa, después de nueve horas en un tren-cama y una hora en un minibus. El ambiente era mucho más fresco que en Hanoi, a pesar de que el sol brillaba con fuerza desde el cielo despejado de nubes.

“Puede ser”, respondí. “Ayer me llamasteis por teléfono”, dijo ella. Así es como conocimos a Tina, una mujer sonriente y cariñosa de la etnia Hmong, los habitantes de las aldeas alrededor de Sapa. Unos días antes, estuvimos navegando por la impresionante bahía de Ha Long, donde conocimos a una pareja que acababa de estar en Sapa y no paraban de repetir lo contentos que estaban de haber conocido a Tina y a su familia. Nos dieron el número de teléfono de Tina, y así es como nos organizamos nuestra estancia en una familia, improvisada y sin agencias, al estilo Fogg.

Los Hmong en este área viven principalmente de dos cosas: cultivar arroz para consumo propio, y vender artesanías a los turistas. Normalmente, las mujeres bajan diariamente a Sapa para, literalmente, perseguir a los turistas durante horas hasta que les compran algo (como todo visitante de Sapa ha comprobado en sus propias carnes).

De camino a la aldea

Sobre las diez de la mañana, fuimos al mercado local para comprar los ingredientes de nuestra comida y cena. Para los estándares locales era una hora tranquila, ya que el mercado está mucho más animado entre las cinco y media y las siete. Tina regateó apasionadamente con los vendedores y nos compró unas setas frescas, verduras, brotes de bambú y un pollo. Cada cosa que compraba la metía en la cesta que llevaba a la espalda, cual mochila. Una vez hecha la compra, salimos del pueblo y empezamos a caminar hacia su pueblo, con sus amigas Pat y Nuur, con bebés a la espalda.

En cuanto salimos del pueblo de Sapa, la carretera se transformó en un sendero de subida empinado, embarrado y estrecho. Normalmente llueve mucho en esta zona, y el camino, erosionado por la lluvia, era resbaladizo y complicado. Nuestras guías marcaban un ritmo constante y caminaban felizmente con sus sandalias de plástico, cargando con el bebé y con un paraguas en la mano, mientras nosotros nos esforzábamos por seguirlas.

Cuando llegamos a la aldea, situada entre los bancales de arroz, nos recibieron su marido, un hombre pequeño y trabajador, y sus hijos. De hecho, tardamos un rato en averiguar cuales eran sus hijos, ya que decenas de niños curiosos entraban por las puertas abiertas de la casa para “ver a los turistas”. La casa era de madera, de un piso, muy sencilla, sin habitaciones, baño o cocina. El hogar ardía en una esquina cercana a la entrada, y apenas había muebles, excepto por un par de camas de bambú.

Pasamos un rato con los niños, jugando al ya habitual juego de “hazme una foto, enséñamela, me parto de risa”. Mientras tanto, el marido de Tina nos preparó una sencilla comida de arroz, pollo al gengibre y brotes de bambú. Nuestros estómagos hambrientos recibieron la comida, agradecidos después de la pesada caminata; la misma que las mujeres Hmont tienen que hacer todos los días cuando vuelven de venderle artesanías a los turistas en Sapa.

Después de comer, charlamos un rato y les enseñamos las fotos de nuestro viaje. Lugares que, seguramente, nunca podrían ver en sus vidas. Les impresionaron especialmente los rascacielos y las cataratas de Iguazú.

Somos gigantes

Antes de irnos a dormir, compartimos una cena sencilla, y una botella de vino de arroz que nos dejó preparados para ir a la cama, poco después de la puesta de sol, siguiendo los ritmos de la aldea. Tina, su marido, su hermana y tres niños, compartieron una cama, y nosotros dormimos en la otra.

A las cinco de la mañana la vida comenzó de nuevo en la aldea: el olor del humo, los gallos, gente cortando madera. Esperábamos tener una mañana tranquila y pacífica en la aldea, alejados del ruido… pero la vida empieza a rodar muy pronto en las montañas.

Sobre las nueve de la mañana estábamos ya de vuelta en Sapa, donde nos despedimos de Tina, que de manera tan espontánea abrió las puertas de su casa y compartió un trocito de su vida con nosotros.

4 Comentarios

  1. MIRIAM
    Publicado 26 septiembre, 2011 en 5:22 am | Permalink

    HOLA!! VAMOS A RECORRERNOS VIETNAM Y QUEREMOS ESTAR UNOS DIAS EN SAPA. PODRIAIS FACILITARNOS EL CONTACTO DE TINA Y SU FAMILIA??
    QUEREMOS ALEJARNOS UN POCO DE LAS ZONAS TURISTAS Y ESTO QUE CUENTAS ES PERFECTO.
    MUCHISIMAS GRACIAS, UN SALUDO

  2. Florencia
    Publicado 7 enero, 2012 en 7:01 pm | Permalink

    Hola, queria pedirles lo mismo. Si pueden enviarme un contacto de Tina y su familia. Tengo 25 años y voy a viajar sola a Sapa y me encantaria vivir esa experiecia. Saludos!! y muchas gracias :)

  3. Conchi
    Publicado 19 enero, 2012 en 12:12 pm | Permalink

    Hola, lo mismo digo. Cómo podría ponerme en contacto con ella? Gracias

  4. Los Fogg
    Publicado 19 enero, 2012 en 2:17 pm | Permalink

    ¡Hola! Escribidnos un email a hello@losfogg.com y os contamos todo lo necesario. ¡Muchas gracias! Saludos, Manu y César

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